El universitario limeño y el dinero: la historia que los números no contaban
Educación financiera · Junio 2026 · Por Habla Latam

Durante meses trabajamos junto a UTEC en la primera edición de Estudio Abierto, nuestra investigación pro-bono sobre cómo los universitarios limeños se relacionan con el dinero. El proceso duró cinco meses e incluyó un taller de hipótesis con actores del ecosistema financiero y educativo, 20 entrevistas a profundidad, 4 focus groups con perfiles distintos y una encuesta a 380 estudiantes universitarios de Lima. Los resultados se presentaron el 18 de junio de 2025 en el auditorio de UTEC. Lo que encontramos no confirma el manual estándar del sector. Lo contradice.
Una aclaración importante antes de entrar en los hallazgos: este estudio retrata al estudiante de universidades privadas con sede en Lima — no al universitario limeño en su totalidad. Ese segmento representa aproximadamente el 37% de los 1.2 millones de matriculados en el país, unos 450,000 estudiantes según datos de SUNEDU 2023. Es un retrato parcial, pero del segmento con mayor exposición al sistema financiero formal y donde la presión económica por mantenerse en la carrera es más visible y más costosa.
Lo que asumíamos era incorrecto
El perfil del universitario limeño promedio no es el que los bancos diseñaron en sus campañas ni el que las universidades tienen en mente cuando arman sus programas de bienestar. Y la definición de educación financiera que manejábamos tampoco era la correcta.
El universitario no tiene 19 años. Suponíamos que el rango iba de los 18 a los 23. La base dice otra cosa: 1 de cada 3 tiene 24 años o más, y la cola se extiende hasta entrados los 30. Muchos hicieron primero una carrera técnica, o la experiencia laboral sin cartón los empujó de vuelta al sistema. El universitario hoy también trabaja, mantiene casa y, a veces, ya es padre.
Tampoco espera a los últimos ciclos para generar ingresos. El 62% tiene alguna fuente de ingreso propio. Cachuelos, planilla y freelance empatan en el top 3 — la mesada dejó de ser la única fuente hace rato.
“Cuando eres estudiante, créeme que siempre falta: tienes que hacer un proyecto, tienes que comprarte tus materiales. Si no tienes esa fuente de ingresos, se complica un poco.”
La educación financiera real no es saber evitar los gastos hormiga. El equipo entró al estudio con el sesgo millennial de que "ahorrar es para pavos". El 81% de los estudiantes está en desacuerdo — tienen más mindset de agencia del que asumimos. La educación financiera real es tener autonomía para decidir sobre tu propio dinero, conocimiento para entender qué haces y por qué, y capacidad para ejecutarlo y sostenerlo en el tiempo.
El banco más importante en la vida del estudiante tampoco es el BCP ni Interbank. Es la familia. Quienes realmente proveen el colchón o la dependencia real son los suyos — la pareja incluida, que resulta ser el vector de influencia financiera más potente y menos estudiado. La universidad se percibe como maquinaria de cobro, no de acompañamiento. Y los bancos y fintechs tratan al segmento como uno solo — mismo producto, mismo mensaje — para perfiles que no tienen nada en común entre sí.
Finalmente, la beca tiene su propia trampa. El 21% de los estudiantes tiene una actualmente, pero el 16% de los becados no sabe si su beca le permite trabajar — y solo el 12% tiene una restricción laboral real. La creencia de que "no se puede trabajar" es mucho más frecuente que la norma en sí. Muchos estudiantes dejan de buscar ingresos por una percepción equivocada, y eso los empuja a la supervivencia exactamente cuando más necesitan margen. Las becas, mal comunicadas, generan Sobrevivientes en lugar de Arquitectos.
Cuatro perfiles, una sola brecha
Todos los universitarios buscan lo mismo: tranquilidad y control sobre su dinero. Pero esa tranquilidad no depende de cuánto saben de finanzas — depende de dónde sale su dinero y si les sobra margen. Clasificamos a los estudiantes en cuatro perfiles según dos ejes: de dónde viene su dinero y para qué horizonte lo gestionan.
El Guardián (43%) es el más numeroso y el más expuesto: la mitad sintió que su continuidad peligraba. Vive de cachuelos, ventas y algo de apoyo familiar. Sabe para qué es cada sol, pero su horizonte no pasa de esta semana. Ya aprende, bajo fuego parcial.
“Utilizo una aplicación o Excel para organizar mis gastos. Tengo un organigrama que me permite separar los gastos de universidad, pasajes, copias y comida. Cuando excedo el presupuesto, compenso con horas extra de trabajo.”
El Copiloto (38%) es el más protegido: la familia cubre lo esencial y casi no siente riesgo. Mira al largo plazo, pero es conciencia sin práctica — planifica el futuro porque nunca tuvo que resolver el presente. Sabe que depende y le incomoda. El día que le suelten la mano, no sabemos qué será.
El Sobreviviente (10%) trabaja y produce su dinero, pero todo se va en sobrevivir. No administra: apaga incendios. Tiene la autonomía, le falta el margen. Ningún producto fue pensado para él: el banco lo ignora por poco rentable y la beca le da plata, no red.
El Arquitecto (9%) es el único que aprendió de verdad — y lo hizo produciendo su dinero, no en un taller. Empleo en planilla, sistema propio, visión de largo plazo.
“Aprendí por las malas, por TikTok, por mi pareja. Nadie me lo enseñó, pero ya sé más que la mayoría.”
El sistema diseñó sus productos y mensajes para el Arquitecto. El segmento que más necesita soluciones es el Guardián.
Tenencia de productos: preocupación sin acción
El retrato de productos financieros es claro: el 79% tiene una cuenta de ahorros, pero solo el 30% tiene tarjeta de crédito — y cuando la piden, el 61% lo hace para construir historial crediticio, no para gastar. Los instrumentos de generación de capital son casi inexistentes: depósito a plazo, 6%; acciones, 3%; fondos mutuos, 1%.
En cuanto a sistemas de gestión, el 41% usa cuentas separadas o planillas de cálculo para controlar gastos — pero sabemos del cualitativo que esto no perdura: lo hacen un mes y no lo vuelven a hacer. El 32% reconoce no tener ningún sistema más allá de "saber mentalmente" cuánto gasta.
Hay preocupación real por el futuro, pero esa preocupación no se está traduciendo en instrumentos que la resuelvan. La pregunta que queda abierta es por qué, si el estudiante ya tiene historial como motivación para sacar su primera tarjeta, nadie está aprovechando ese momento para convertirlo en una relación financiera real.
Deserción: el problema llega solo, sin pasar por la institución
El 39% sintió, en los últimos seis meses, que sus finanzas pusieron en riesgo su continuidad en la universidad. Pero cuando ese riesgo se vuelve real, el estudiante no llama al banco ni va a bienestar estudiantil — va donde su familia. El 57% de quienes pidieron ayuda recurrió a sus padres, hermanos o pareja. Solo el 15% acudió a una entidad financiera. Solo el 14% a su universidad.
El problema llega a la deserción sin pasar por la institución que más pierde con ella. Y hay un proxy que las instituciones sí pueden ver desde el primer día: quién paga la carrera. El 48% de los estudiantes que asumen total o parcialmente su costo percibió riesgo de deserción, frente al 32% de quienes dependen de sus padres.
¿Por qué no acuden a la institución? Porque el problema no es solo de plata: es emocional, relacional y de confianza. El estudio identificó tres razones que lo explican.
La primera es que salud financiera y salud mental están entrelazadas. El orden con el dinero suele gatillarse por un quiebre — un diagnóstico de TDAH, discalculia, ansiedad — no por un taller. Hablar de plata se calibra para cuidar el vínculo, no por tabú.
“Me diagnosticaron TDAH y discalculia; eso cambió por completo mi relación con el dinero.”
La segunda es que la universidad cobra, pero no acompaña. La mora que se infla, los recordatorios diarios de deuda, la cero maquinaria de acompañamiento — el vínculo se volvió transaccional. Se percibe como negocio, no como alma máter.
“Te inflan la mora y te recuerdan todos los días que estás endeudado, hasta que dejas de estudiar.”
La tercera es que pedir ayuda reabre heridas. Becas y recategorizaciones son meses o años de burocracia y documentación íntima — certificados médicos, la enfermedad de un familiar. Cuesta tanto que prefieren no institucionalizar el problema.
“Dos años bajando de escalas; tuve que entregar los papeles del cáncer de mi mamá. Muy desgastante.”
Por eso la familia es el primer recurso — el de menor costo emocional. Pero nadie garantiza que, para sostenerte, esa familia no se esté endeudando en el banco.
Cómo aprenden los estudiantes: en la cancha, no en el aula
El 100% de los casos cambió su relación con el dinero por un evento real — una enfermedad en casa, perder un ingreso, el primer sueldo propio — no por una clase. El 65% aprendió de personas con resultados verificables — alguien cercano, con evidencia real — y de su propia práctica. Solo el 3.4% de una institución.
“Recibí mi primer sueldo y dije: ¿ahora qué hago? Ahí recién empecé a meterme en el tema.”
“No consulté por internet cómo funciona la tarjeta de crédito: lo aprendí por unos amigos.”
La credibilidad no es por título ni por marca. Es por proximidad y evidencia. Por eso confían en quien pueden verificar con sus propios ojos: el amigo que invirtió y se compró el carro, el influencer que arranca con las preguntas que todos se hacen pero nadie responde.
“Tengo un amigo que empezó invirtiendo y ahorita está bien parado. Él mismo llegó a comprar su vehículo, se fue de viaje. Tengo muy buena referencia de él.”
“Me gustó ese influencer porque arranca con preguntas muy básicas, las que casi todos se hacen: 'recibí mi primer sueldo, cobré 3,000 soles, ¿ahora qué hago?'”
Y el 31% rechaza de plano el consejo que huele a publicidad disfrazada. La barrera no es el canal ni el formato: es sentir que les venden algo escondido detrás de un consejo.
“Qué aburrido estar en una charla, que me van a hablar, que son un montón de horas... toda la charla para vender algo.”
“Hay mucha publicidad de gente que te dice que puedes ganar un segundo ingreso sin hacer nada, facturar miles… y al final lo que buscan es atraparte y venderte un curso.”
El evento que los despierta y la persona que les enseña comparten una condición: dinero real en las manos. Sin plata propia que gestionar, no hay de qué aprender.
Lo que le toca hacer a cada institución
Si solo se aprende teniendo y arriesgando dinero real, el rol de bancos, universidades y fintechs no es dar más charlas. Es crear el primer entorno donde el estudiante lo haga de verdad, con consecuencia pero con ayuda. Ya existen modelos que funcionan — el Student Investment Program en EE.UU., el Compartamos Impulsa en Perú mismo — pero ninguno ha llegado al universitario limeño de forma masiva.
Para los bancos: arrancar por el historial, no por la inversión — el 61% ya pide la tarjeta para ese fin; activar al Copiloto que ya trabaja (38%), que tiene ingreso y casi cero gastos fijos y es el perfil ideal para un primer producto de inversión; diseñar crédito educativo para el Sobreviviente como alternativa a la beca restrictiva; y dejar de tratar al segmento como uno solo — un mismo producto para Arquitecto, Guardián, Copiloto y Sobreviviente no le sirve a ninguno.
Para las universidades: detectar riesgo desde el onboarding usando el proxy de quién financia la carrera; rediseñar bienestar estudiantil para integrar salud financiera — no son dos cosas distintas — y que el estudiante perciba a la universidad como red de apoyo y no como maquinaria de cobro; implementar peer mentoring donde Guardianes y Arquitectos acompañen a Copilotos, porque funcionan por proximidad y credibilidad verificable; y comunicar con claridad qué permite y qué no permite cada beca.
Para las fintechs: diseñar bien la fricción para el Sobreviviente — no eliminarla, sino hacerla manejable con umbrales de 50–100 soles; construir el espacio de producir dinero real, no solo gestionarlo; y formalizar el producto de pareja que los propios estudiantes ya inventaron solos:
“Mi pareja me creó un Forms de Google que automatiza gráficos para registrar mis gastos. Hace 4 años que comparto las finanzas con mi pareja.”
La demanda y el prototipo ya están en la calle. Alguien tiene que formalizarlos.
En Habla investigamos el comportamiento real de universitarios, consumidores y equipos en toda América Latina. Si quieres entender qué mueve realmente a tu segmento — y cómo diseñar soluciones que funcionen —, conversemos.
Ficha técnica
Estudio Abierto — Edición 1: Mindsets financieros del universitario limeño de universidades privadas. Lima, Perú, 2026. Realizado en alianza con UTEC.
Muestra cuantitativa: 380 encuestados (base válida: 356 tras control de calidad). 56% entre 18 y 22 años; 33% con 24 años o más. 62% mujeres. 74% nacidos en Lima. Distribución por ciclo: 36% en primeros ciclos (1º–3º), 28% en intermedios (4º–6º), 36% en finales o egreso (7º–10º). 21% con beca activa.
Muestra cualitativa: 20 entrevistas a profundidad (12 hombres, 8 mujeres; perfiles A al D). 4 focus groups con 5 participantes cada uno, uno por arquetipo.
Fuentes secundarias: SUNEDU 2023 · INEI ENAHO 2024 · GEF 2023 · Ministerio de Educación · TUNI.PE (data 2025).


